Las redes sociales

Una red es un conjunto de líneas -típicamente horizontales y verticales- que se cruzan formando una estructura que sirve para conectar individuos; por ejemplo, las redes de transporte o de telefonía. Estas líneas ordenan y regulan el movimiento y la comunicación de una forma más o menos flexible. El automóvil permite más libertad de movimiento que el metro o el autobús, pero aún así está subordinado al código de tráfico.

Una red es también un entramado que permite atrapar a las presas. La humanidad suele inspirarse en la naturaleza para sus inventos, y seguramente las redes de los pescadores son una imitación de las telarañas.

Las redes sociales son a la vez herramientas de comunicación libre -con ciertos límites como la censura y condicionantes como la presión de lo correcto y el espíritu gregario- e instrumentos de caza y captura; como la araña, el poder ejecutivo puede fácilmente localizar a un individuo incómodo o peligroso y envolverlo y silenciarlo.

Naturalmente, los gobiernos no neutralizan a ningún individuo a menos que sea un peligro real e inminente, y es además más práctico monitorizar su actividad y sus contactos. La gente que se queja constantemente de la política o la economía suele centrar su malestar en las marionetas encargadas de difundir los mensajes de los poderes de facto, que son intercambiables fácilmente cuando están ya desgastadas. La gente que se queja mucho, dicho sea de paso, raramente pasa a la acción o supone peligro alguno.

Así,  el día a día de las redes sociales muestra un panorama bastante parecido a la relativa normalidad de las calles de cualquier ciudad contemporánea. Nada realmente se mueve fuera de su sitio. El hombre es criatura de hábitos, tanto en la realidad física como en la virtual. La gente habla con su familia y amigos, se relaciona con colegas, posa, busca pareja… y lo hace de forma rutinaria, con poco lugar para sorpresas. A pesar del inmenso tamaño de algunas ciudades modernas, el movimiento de las personas es bastante predecible: de la casa al centro de estudios o trabajo, y vuelta, y, para el tiempo libre, casi siempre, los mismos centros comerciales o de entretenimiento. En Internet, igualmente, a pesar de su aparente infinitud, las personas suelen pasar casi todo su tiempo contestando emails o con cualquier otra forma de trabajo online, o en un puñado de webs que suele incluir algún medio de comunicación, alguna red social, y algún hobbie como la lectura, la música, el cine, el deporte o los videojuegos. Internet realmente es un pueblo.

Una diferencia notable, sin embargo, es la falta de pudor que acompaña tantas veces al individuo cuando se siente lejos de las miradas de sus allegados físicos, sean su familia, sus vecinos, sus compañeros de trabajo o, peor, su jefe. A esto hay que añadir la posibilidad de crear una identidad que a veces no refleja en absoluto la triste realidad, y el resultado es una transformación digna de superhéroe de cómic. Un desgraciado cualquiera entra en internet y se puede convertir de forma inmediata en un triunfador más, más que dispuesto a exhibir su vanidad.

Al final de todo, por supuesto, todo es vanidad. Todos esos esfuerzos para mostrar a los demás qué guapos somos y qué cuerpos tan tonificados tenemos son ilusorios: una verdadera labor de Sísifo. Todo ese afán por presumir de un estilo de vida privilegiado, digno de los famosos a los que con tanto entusiasmo imitamos, resulta patético cuando nos paramos a pensar en qué consiste verdaderamente nuestra vida y cuál es el precio pagado por obtener esas migajas de éxito.

Y cuando llegue el final de esta obra (“¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción”, como escribió Pedro Calderón) habrá que preguntarse si realmente mereció la pena representar un papel para el que quizás no estábamos bien caracterizados.

Ilustraciones cortesía de Pawel Kuczynski (1, 3, 4, 5, 6)  y Marian Kamensky (2, 7, cubierta).