Vacaciones terapéuticas

Oficina. Trabajo. Rutina. Más rutina. Más trabajo en mi repugnante oficina con mi estúpido jefe. Realmente yo estaba cansado y quería tener unas vacaciones diferentes: desconectarme completamente de mi vida aburrida.

Encontré en Internet una oferta irresistible: dos semanas en Alcatraz, una antigua penitenciaría en una isla enfrente de San Francisco. La publicidad prometía una experiencia única:

“¡Sin familia! ¡Sin amigos! ¡Sin internet! ¡Silencio y tranquilidad total! ¡Bonitas vistas al mar!¡Viva la experiencia de un prisionero!“

Era muy tentador. Las vacaciones costaban 2000 dólares, que pagué sin dudar. El viaje a San Francisco duró 12 horas y fue un poco aburrido, pero me gustó porque me iba distanciando de mi vida y relajando poco a poco.

Al llegar al aeropuerto, a las 7 de la tarde, dos hombres de aspecto siniestro me recogieron. Uno de ellos, especialmente, parecía un psicópata. Tenía la piel cubierta de tatuajes. Se llamaba Ramos. El otro se llamaba Piqué, y más que malo, parecía estúpido. Llegamos a Alcatraz de noche.

“¿Señor Fernández?

Fueron las únicas palabras que pronunciaron. Yo me sentía ya un poco como un prisionero.

Me sentí mucho más como un prisionero cuando me metieron en una celda pequeña, con una cama pequeña, una ventana pequeña y un pequeño lavabo para beber agua, afeitarme, lavarme los dientes y asearme. Los dos guardianes me dieron un uniforme azul y recogieron mi maleta. 

No tenía nada para entretenerme, pero había silencio y tranquilidad, y me acosté relajado. Eran las 10 de la noche. Pero a las 12 me desperté. Escuché un grito agónico. Parecía enteramente que estaban torturando a un pobre hombre. Supuse que serían efectos especiales, pero ya no pude dormir, y me levanté muy cansado.

Cuando me estaba preparando para el desayuno vi a Ramos y Piqué y les pregunté qué había pasado por la noche.

“¡Ja, ja, ja!“ rió Ramos, “el prisionero Martínez no ha aprendido la lección“

“¿Qué lección?“ pregunté, curioso.

Esta vez fue Piqué quien respondió:

“La rutina es buena. El trabajo diario es importante. Ésa es la lección“

Ramos volvió a intervenir:

“Martínez llegó aquí en 2012 inicialmente para unas vacaciones de dos semanas, pero lleva aquí 3 años.“

Todos los días teníamos que trabajar. Era un trabajo absurdo e inútil: pintar las paredes del presidio. Un día teníamos que pintarlas en azul, otro en verde, otro en rojo… ¡Las mismas paredes que habíamos pintado el día anterior! ¡Qué absurdo!

Sin embargo, no teníamos posibilidad de hacer otra cosa. Si alguien no trabajaba, no comía, y si protestaba, era conducido a una celda de detención, aislado, a pan y agua. Al comenzar la segunda semana fui testigo de una protesta. Un turista canadiense -un hombre afable de piel rosada que había venido en busca de unas vacaciones extremas- se desesperó mientras pintaba una puerta de color naranja, y dijo que quería marcharse inmediatamente.

Ramos le contestó inmediatamente:

“¡McCoy, usted ha firmado un contrato con nuestra empresa!”

Piqué continuó clarificando la situación:

“¡Sin familia! ¡Sin amigos! ¡Sin internet! ¡Silencio y tranquilidad total! ¡Bonitas vistas al mar! ¡Viva la experiencia de un prisionero“

El pobre hombre no pudo decir nada. Ramos y Piqué lo llevaron, entre el laberinto de pasillos de la prisión, a su celda de castigo.

Un día antes de terminar las dos semanas de vacaciones, Ramos y Piqué me llevaron a la oficina del director para “la lección“.

El director, que se llamaba Iniesta, era un hombre pequeño y calvo con un gato que sostenía con el brazo izquierdo. 

“Señor Fernández“, me preguntó, “¿qué opina del trabajo y de la rutina?“

Sólo había una respuesta posible:

“La rutina es buena. El trabajo diario es importante.“

“Muy bien, señor Fernández“ me dijo mientras le daba una sardina a su gato, “Usted ha aprendido la lección, y puede volver a casa“.

Después se dirigió a Ramos y Piqué, y les dijo:

“Llevad al paciente al aeropuerto. Está curado.“