El superhéroe Martínez

Martínez era un niño normal que vivía en Madrid con sus padres. Sus padres lo querían mucho porque él era bueno y estudioso. Los profesores también lo respetaban. Siempre hacía sus deberes y sacaba buenas notas. 

Un día le picó un mosquito tropical que había venido de África en un cargamento de fruta de exportación. Tuvo una fiebre terrible durante dos días y dos noches, y al tercer día se recuperó. No sólo se recuperó; era mucho más fuerte que antes, y podía volar como un mosquito. Martínez se puso muy contento al descubrir que tenía superpoderes, como sus superhéroes favoritos,  y decidió crear un personaje y tener muchas aventuras. Él quería ser famoso y tener muchos seguidores en Facebook. ¿Para qué tener una identidad secreta? Para él lo importante era tener muchos amigos y una novia guapa.

Además de volar, Martínez adquirió otra cualidad de los mosquitos: ser pesado e insistente. Le habló de sus poderes a sus padres y a todos sus amigos, y todos los días, después del colegio, hacia exhibiciones acrobáticas en el parque del barrio. Al principio, todo el mundo quería ser su amigo, e incluso Luisa, la chica más guapa de la clase, le sonreía y le miraba con ojos muy abiertos.

Pero el problema es que pasaba más tiempo intentando impresionar a la gente que estudiando y haciendo sus deberes (su obligación y su futuro), por lo que empezó a tener notas más bajas. De tener siempre 7 pasó a tener 6, 5, incluso 4. Los profesores estaban muy preocupados y comentaron a sus padres que el chico Martínez tenía otra actitud, que incluso un día contestó a un profesor de mala forma.

Sus padres decidieron llevar al pequeño Martínez a un colegio para superhéroes, un colegio de élite donde estudiaban la Patrulla Z y otros muchos héroes de todo el mundo. El primer día que Martínez entró en el colegio empezó a volar y dar saltos, pero todos los alumnos lo ignoraron. Allí era sólamente uno más, y sus poderes eran bastante ordinarios. Nadie quería ser su amigo, porque todo el mundo pensaba que era muy arrogante y presumido. Había una chica muy atractiva, María, a quien se acercó para invitar al cine, pero ella ni lo miró. Realmente, todo el mundo allí tenía poderes más originales. Había gente que podía leer la mente, gente invisible, gente que aprendía todas las asignaturas leyendo solamente la primera página del libro y un largo etcétera.

Martínez estaba muy triste y deprimido, y tenía memorias de su antigua escuela, donde tenía muchos amigos, donde los profesores lo querían. Reflexionó y decidió que su personalidad no era ser arrogante, que él era un chico humilde al que le gustaba estudiar y ayudar a los demás. Se concentró en estudiar, en sacar buenas notas, y sus padres de nuevo se pusieron muy contentos al ver que era el de siempre. Sus nuevos profesores estaban muy satisfechos con el cambio de actitud, y algunos héroes de la clase se sentaban con él en el recreo. Una vez más era popular.

Martínez había descubierto que su verdadero superpoder era ser amable y humilde, que todo el mundo tenía valor y él no era más que nadie. Un día, cuando menos se lo esperaba, María le dijo: “¿Quieres ir a la fiesta del sábado?”

No se lo podía creer; creía que estaba soñando. Qué bueno era ser normal.