Mitos y leyendas

Hay figuras que destacan en la iconografía moderna -el nuevo santoral secular- inspirando admiración y, a veces, vagos deseos de emulación. La admiración por estas figuras suele ser más emocional que informada.

Ernesto “Che” Guevara es uno de los personajes más icónicos del siglo XX, y ha sido objeto de un proceso de beatificación por parte de idealistas y revolucionarios de sofá de todas partes del mundo.

En sus Diarios de Motocicleta, donde cuenta su periplo por Sudámerica, el joven argentino de clase media evidencia que su idealismo está impregnado del pensamiento más reaccionario y racista:

“Los negros, los mismos magníficos ejemplares de la raza africana que han mantenido su pureza racial gracias al poco apego que le tienen al baño, han visto invadidos sus reales por un nuevo ejemplar de esclavo: el portugués. Y las dos viejas razas han iniciado una dura vida en común poblada de rencillas y pequeñeces de toda índole. El desprecio y la pobreza los une en la lucha cotidiana, pero el diferente modo de encarar la vida los separa completamente; el negro indolente y soñador, se gasta sus pesitos en cualquier frivolidad o en “pegar unos palos”, el europeo tiene una tradición de trabajo y de ahorro que lo persigue hasta este rincón de América y lo impulsa a progresar.”

Parece toda una justificación de la segregación racial en los Estados Unidos, país contra el que luchaba. Parece también una apología del espíritu de empresa de los puritanos de Nueva Inglaterra.

Mohandas Karamchad Ghandi estudió leyes en Londres, se trasladó a Sudáfrica en 1893, y permaneció allí 21 años. Allí se le dio, en 1914, su conocido apelativo Mahatma, que en Sánscrito significa “venerable”.

Ghandi hizo campaña por los derechos de la etnia india en Sudáfrica, pero no sólo fue indiferente a la suerte de la raza indígena africana, sino que además la despreciaba. Para Ghandi, quizás influenciado por el sistema de castas en India, los negros, a los que denominaba Kaffir, pertenecían a una raza inferior a la india.

Ghandi argumentaba que anglosajones y indios tenían la misma procedencia aria. Una de sus primeras campañas fue demandar que hubiera una entrada distinta para indios y negros en la oficina de correos de Durban. En sus palabras, “sentimos demasiada indignidad, y solicitamos a las autoridades terminar con esta injusta distinción, y ahora han establecido tres accesos separados para nativos, asiáticos y europeos”.

En un discurso en Mumbai en 1896, Ghandi dijo que los europeos en Natal deseaban “degradarnos al nivel del primitivo kaffir cuya ocupación es la caza, y cuya sola ambición es acumular una cierta cantidad de ganado con la que comprar una esposa, y, después, pasar su vida en indolencia y desnudez”.

No parece tan mala vida.

Winston Churchill, el líder de Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial, ha sido celebrado como un indómito luchador por la libertad en tan oscuros tiempos, el arquetipo del bulldog británico, el heróico patriota que salvó a su país-claro está que a las expensas de otros.

Churchill se refería a los palestinos como “hordas bárbaras que comían poco más que excremento de camello”. Cuando combatía la insurgencia en Sudán, Churchill presumía de haber matado a “tres salvajes”. Churchill lamentaba los escrúpulos de sus colegas en el noroeste de Asia, que no estaban “a favor de usar gases de guerra contra las tribus incivilizadas”.

Churchill correspondió a la deferencia de Ghandi con absoluto desprecio, describiéndolo como un “fakir sedicioso semi-desnudo”, y cuando ocurrió la hambruna en Bengala que mató a 3 millones, se burló de aquellos que “se reproducían como conejos”.

El patriotismo de Churchill era específicamente imperialismo, y con 27 años pronunció unas palabras realmente significativas: “creo en la partición de China. La raza aria tiene que ser vencedora”.

El desprecio por las fronteras de otros países, la suerte de sus habitantes, y la creencia en la superioridad de la raza blanca equiparan a Churchill con su rival europeo, Hitler.

Las despreciables opiniones de Churchill no parecen en absoluto casuales, teniendo en cuenta que uno de los pensadores más influyentes de Gran Bretaña, Charles Darwin, tenían una concepción de la humanidad marcadamente racista, y construyó su teoría de la evolución de las especies con el hombre blanco en la cima de la pirámide.

En una carta a Charles Kingsley, profesor universitario y clérigo anglicano, Darwin concordó con sus opiniones en estos términos:

“Es muy cierto lo que dice sobre las razas superiores humanas, cuando suficientemente superiores, reemplazando y eliminando las razas inferiores. En 500 años como la raza anglosajona se habrá expandido y exterminado a naciones enteras, y en consecuencia cueanto la raza humana, considerada como unidad, habrá elevado su rango”.

En otra carta a William Graham se manifiesta así:

“Podría debatir que la selección natural ha hecho y está haciendo más por el progreso de la civilización de lo que está inclinado a admitir. Recuerde los riesgos que las naciones de Europas corrieron, no hace tantos siglos, de ser derrotados por los turcos, y qué ridícula es ahora esa idea. Las más civilizadas razas caucásicas han vencido completamente a los turcos en la lucha por la existencia. Observando el mundo en una fecha no muy distante, qué número infinito de razas inferiores habrán sido eliminados por las más civilizadas por todo el mundo”

La historia, tantas veces, es un cuento escrito por un propagandista, salpicado de aplauso y fanfarria, que no significa gran cosa.

What did Mahatma Gandhi think of black people?

The dark side of Winston Churchill’s legacy no one should forget

Darwin Correspondence Project